Sociedad

Ceuta y Melilla: De Zonas Grises a Eurorregiones

Mohamed Nouri

Presidente de la Asociación de diplomados Marroquíes en España ADME

Abordar el futuro de Ceuta y Melilla supone adentrarse en un territorio donde las emociones suelen nublar el análisis político. Desde mi mirada como tetuaní, educado en el cruce de ambas culturas y defensor de las identidades múltiples, el objetivo de estas líneas es invitarnos a superar los enfoques reactivos tradicionales, romper las inercias y transformar un laberinto emocional que históricamente nos divide en un espacio de deliberación racional que mire de frente a los desafíos que están por venir.

El ejercicio vano de volver al pasado para olvidar el presente:

La controversia sobre el estatus de Ceuta y Melilla evidencia un profundo cisma en el análisis historiográfico contemporáneo. Por un lado, la investigación académica internacional de referencia -sustentada por especialistas europeos y anglosajones de la talla de Mármol Carvajal, Asín Palacios, Bernard Lugan, Rom Landau y C.R. Pennell- coincide en fijar la génesis del Estado marroquí en el año 789 d.C., al amparo de la dinastía idrisí.

En abierta oposición, se articula una corriente revisionista auspiciada por ciertos juristas internacionales españoles y actores del entorno local de ambas ciudades. Esta línea interpretativa opta por contraer la trayectoria temporal del Estado marroquí, adscribiendo su origen formal a la independencia del protectorado en 1956 o, en una lectura ligeramente más laxa, a la dinastía alauí en 1666.

Esta lectura restrictiva y tendenciosa incurre en un sesgo metodológico al condicionar la legitimidad de Marruecos a una continuidad institucional lineal. Este estándar de pureza política no se exige en absoluto a las potencias occidentales, cuyas genealogías sufrieron quiebras dinásticas, fragmentaciones y mutaciones territoriales crónicas.

En todo caso, encauzar este litigio a través de categorías nacionales rígidas y paradigmas de soberanía excluyentes aboca a ambas naciones a un monólogo estéril y a un callejón sin salida. El argumentario marroquí -sustentado en la continuidad geográfica y los hitos de soberanía local- y el planteamiento español -basado en la  continuidad institucional y el marco jurídico actual- se neutralizan mutuamente si se esgrimen como verdades absolutas. Ninguna de las dos narrativas puede abarcar de forma aislada una realidad transfronteriza tan compleja, cuya resolución exige honestidad, altura de miras y soluciones estratégicas inteligentes.

El estado actual de las cosas: un espacio de disputa y vulnerabilidades

Es innegable que Ceuta y Melilla, la primera en particular, son dos puntos de máxima fragilidad geoestratégica por la convergencia de múltiples factores críticos. Su ubicación clave en el Estrecho de Gibraltar y su cercanía al suelo europeo las sitúan en la primera línea de las tensiones, un escenario complejizado por un contencioso territorial latente y por albergar una de las fronteras con mayor asimetría socioeconómica del planeta. Estas condiciones operan como un motor constante de flujos migratorios estructurales ante los cuales las barreras tecnológicas y físicas resultan insuficientes, una realidad agravada por la falta de mecanismos jurídicos y diplomáticos para los retornos con los países de origen y tránsito.

La materialización de este riesgo se constató en la crisis del 30 de julio de 2026, cuando una entrada masiva saturó los sistemas de control en cuestión de horas e impactó de manera inmediata en la demografía local. Este suceso corrobora que ambas ciudades operan en la práctica como «Zonas Grises», espacios fronterizos donde la desinformación y la movilidad humana se configuran como herramientas de presión dentro de estrategias de conflicto híbrido.

El último informe de Afrobarometer (2026) indica que la presión migratoria en la región experimentará un repunte mayúsculo impulsado por la realidad de un continente predominantemente joven que ya alberga a más de 1.500 millones de habitantes.

Retos y puntos de inflexión: Respuestas innovadoras para problemas complejos.

Todo conflicto encierra una dualidad intrínseca: puede derivar en un escenario destructivo o funcionar como un motor de reformas estructurales. Desde esta última perspectiva, el enfoque de la Paz Imperfecta -entendida como una construcción dinámica y continua, imperfecta y perfectible,- proporciona una plataforma idónea para adecuar, redefinir y pactar acuerdos conforme mutan los desafíos y cambian las expectativas. Este marco conceptual apela directamente a la corresponsabilidad de Marruecos y España, instando a ambos Estados a canalizar sus discrepancias mediante una gestión madura, constructiva y pacífica. Con ello se pretende desactivar el inmovilismo crónico que enquista el conflicto, salvaguardar los vínculos históricos compartidos y evitar que la región se convierta en un escenario instrumentalizado por intereses geopolíticos externos.

La viabilidad de este modelo exige postergar las aproximaciones unilaterales y altaneras en favor de una interlocución horizontal, empática y respetuosa. El propósito es neutralizar la dinámica obsoleta del «Juego de suma cero» en el que las ganancias de un actor equivalen inevitablemente a las pérdidas del otro.

Exige también una acción conjunta y proactiva entre la UE, España y Marruecos para articular institucionalmente esta crisis estructural. Dicha gobernanza compartida representa la única vía para garantizar la estabilidad en Ceuta y Melilla, ejes clave de confluencia demográfica y cultural entre África y Europa. La inacción ante este desafío compromete la paz social fronteriza y empuja Marruecos a cuestionar su alineación con el espacio europeo.

Urge por tanto abrir nuevos horizontes mediante una estrategia progresiva basada en las premisas fundamentales siguientes:

-La revitalización de la economía regional: Abogar por una frontera hermética resulta inviable frente a una brecha socioeconómica de cinco a uno, agravada por las secuelas estructurales del contrabando histórico y el impacto socioeconómico de su abrupto cierre. Si Bruselas quiere estabilidad en su flanco sur, debe crear una zona de desarrollo compartido que integre a la población local y ampliar así la zona de amortiguación y seguridad. Para ello, es imperativo recuperar y actualizar el Plan PAIDAR-Med (2000), aquel proyecto estratégico para el desarrollo de la zona mediterránea marroquí paralizado por vaivenes políticos en España. Su reactivación, esta vez bajo el amparo institucional y presupuestario de la UE, lo blindaría frente a los giros partidistas que en el pasado frustraron su ejecución.

-La integración definitiva de Marruecos en la UE: Seguir rechazando esta adhesión por motivos geográficos carece de lógica mientras la UE mantiene fronteras en suelo africano. Pese a sus asignaturas pendientes, Marruecos es el socio más estable y desarrollado de su entorno. Su integración daría un giro estratégico a las relaciones de Europa con el Sahel y el continente africano.

Por supuesto, pasar del «Estatuto Avanzado» a la integración plena no es sencillo; exige modificar las cláusulas territoriales de los tratados y emprender una profunda armonización económica, democrática y de derechos humanos que llevará años de trabajo. Sin embargo, los beneficios a largo plazo son incalculables. La entrada de Marruecos en la UE y en el Espacio Schengen desmantelaría la frontera actual. Al difuminarse esa línea de fricción en el norte de África, Ceuta y Melilla dejarían de ser utilizadas como «Zonas Grises» neutralizando el conflicto de raíz. A partir de ahí, el modelo de Eurorregiones permitiría pasar de la confrontación a una provechosa co-gestión socioeconómica simétrica amparada por la legislación de la U.E y sus fondos económicos.

Conclusión:

«No corregirse después de un error es el verdadero error», advertía Confucio. Ignorar la complejidad de la realidad de Ceuta y Melilla aboca a repetir crisis pasadas. La confrontación es un camino destructivo para ambos países que solo precipitará el descontrol fronterizo, la parálisis en seguridad y un severo impacto económico.

Para evitarlo, la Unión Europea debe tomar la iniciativa y desactivar este foco geopolítico mediante una hoja de ruta de tres pasos: cerrar la brecha socioeconómica regional, integrar plenamente a Marruecos en la UE y articular una Eurorregión transfronteriza que englobe a Ceuta y Melilla y las provincias marroquíes vecinas. Un Marruecos aliado es vital para Europa; uno relegado representa un riesgo sistémico inevitable.

En un escenario cambiante, las soluciones deben avanzar al mismo ritmo que los desafíos.

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