La relación entre Marruecos y España: Del suplicio de Sísifo a la madurez estratégica
Originaria del castellano antiguo y formalizada en la pieza teatral Las mocedades del Cid de Guillem de Castro, la máxima «sostenella y no enmendalla» hunde sus raíces en el código ético de los hidalgos y caballeros medievales. En aquel contexto, retractarse tras haber iniciado un agravio equivalía a la deshonra; la espada desenvainada exigía llegar hasta el final. Con el tiempo, la frase ha quedado como el retrato exacto de la soberbia intelectual y política: la persistencia inflexible en un error manifiesto con el único fin de salvaguardar el orgullo o la apariencia pública, aun a sabiendas que las consecuencias serán perjudiciales.
En realidad, esta obcecación carece de pasaporte, aunque se manifiesta con distintos matices locales. En el Rif marroquí, por ejemplo, se sintetiza en la fórmula «thuri, thuri». Cuenta la tradición que un campesino, alarmado por ruidos extraños, acudió a su granero escopeta en mano; al percatarse de que el supuesto intruso era su propio hijo y escuchar sus ruegos de calma, el padre se negó a recular alegando: «Thuri, thuri» («Es tarde, hijo; la ira me ha cegado, el arma está montada y hay que disparar»). Esta misma tozudez inflexible queda perfectamente retratada en otro célebre aforismo marroquí: «aunque vuele, es una cabra».
Esta cabezonería compartida evidencia que, en el fondo, ambas sociedades se miran en el mismo espejo frente al conflicto. De hecho, ante fricciones vecinales cotidianas y menores -como una linde divisoria, una gotera, la rama de un árbol o un ruido molesto-, el orgullo y la arrogancia suelen eclipsar la lógica y el sentido de comunidad. En lugar de deponer la soberbia y pactar una solución que beneficie a ambas partes, se opta por dilapidar fortunas en euros o dírhams dentro de interminables pleitos judiciales. Consignas fuertemente arraigadas en ambas culturas como “en mi casa mando yo” o “no eres quién para decirme qué tengo que hacer” ilustran una cerrazón que solo siembra hostilidad.
Con todo, el verdadero peligro surge cuando la máxima del «sostenella y no enmendalla» escala a niveles institucionales, empañando los vínculos bilaterales y atrapando a ambas naciones en un oscuro laberinto del Minotauro.
Bien es cierto que los canales diplomáticos suelen operar como la vía para «enmendar», el nacionalismo exacerbado, el oportunismo electoral y las agendas de ciertos sectores mediáticos y militares empujan constantemente en favor del «sostener». Esta resistencia a ceder termina por enquistar tensiones complejas cuyos efectos se prolongan durante generaciones, dejando a su paso heridas profundas y difíciles de sanar.
Es indudable que existen contenciosos históricos donde el enrocamiento surge de forma espontánea, como el estatus de Ceuta y Melilla, el control migratorio, las fronteras marítimas y los recursos del monte Tropic. No obstante, la magnitud de los desafíos compartidos obliga a poner un freno pragmático a esta rigidez. Ambos países deben abandonar la lógica del «lecho de Procusto», dejando de sesgar la realidad para que encaje a la fuerza en las narrativas preestablecidas por cada parte.
Resulta alentador comprobar cómo, tras el ruido de las crisis periódicas, ambos gobiernos saben corregir posturas de puertas para adentro, blindando sus diferencias bajo el paraguas del pragmatismo. Esta fórmula de «paz fría» ha funcionado como un escudo eficaz para el comercio, la seguridad y las infraestructuras. Sin embargo, ha llegado el momento de dar un salto cualitativo. Una vecindad tan estrecha no puede gestionarse con la mirada cortoplacista de cada legislatura. Urge una visión de Estado madura que rompa con los discursos maximalistas y esas llamaradas de petarte de consumo interno que, tarde o temprano, terminan por apagarse ante el peso del pragmatismo político y la cruda realidad.
Este mensaje apela específicamente a ciertos partidos políticos y medios de comunicación de ambos países, con especial énfasis en el escenario español. Es hora de que entiendan el daño que infligen y desistan de sembrar el recelo entre las dos sociedades.
Si bien la relación con Marruecos puede utilizarse para diferentes fines en España, la firmeza nunca debería perder la elegancia y la defensa de los intereses propios jamás está reñida con el respeto. Al fin y al cabo, lo útil no quita lo sutil.
Conviene recordar que la palabra sutileza viaja hasta el latín subtilis (sub tela, debajo de la tela), en alusión a ese hilo delicadísimo que, oculto bajo la urdimbre, aporta color, textura y belleza al tejido.
La vecindad hispano-marroquí merece esa delicadeza en el trato y esa finura en la estrategia. Ambos pueblos están cansados de repetir el castigo de Sísifo, exhaustos de arrastrar hacia la cumbre una y otra vez la pesada roca del entendimiento para que termine rodando cuesta abajo por culpa del tacticismo cortoplacista y los atisbos de soberbia.
Por : Mohamed Nouri
