Cultura

Mohamed Nouri : Amar en tiempos de cólera

Antes de todo, señalar que el último étimo del título de este artículo prestado a la célebre novela de G.G. Márquez está usado en su acepción femenina, como ira, enojo y encono. Este matiz nos va a introducir al tema cuan complejo y movedizo que este ensayo quiere plantear: el amor en la pareja.

Amor, amor, ¿qué es el amor y cómo reaccionamos ante él?

El amor es un sentimiento intenso y complejo de afecto y sintonía con alguien o algo. Puede ser de tipo romántico, familiar, entre amigos, de la naturaleza e incluso hacia uno mismo. Hablamos de amor propio en este caso. Es el fuelle de la empatía y el bienestar. Todos los seres sociales -que nacen vulnerables- lo necesitan, no pueden vivir sin amar y ser amados. Es incluso una ventaja evolutiva.

Llama la atención que el ser humano mantiene una relación ambivalente con el amor, presume por ejemplo de amar el sol y el mar, pero busca la sombra cuando aquel aprieta y la tierra firme cuando este se embravece. Del mismo modo, presume de encantarle el frío pero se abriga al salir a la calle y enciende la calefacción sin dilación. El viento es galán de noche, decía Lorca, pero terminamos cerrando puertas y ventanas para que no nos incordien sus azotes y bramidos.

Esta ambivalente pero saludable actitud vale también en las relaciones de pareja, nos amarnos pero nos protegemos de este amor cuando nos abruma, buscamos refugio en el otro, pero nos aferramos tenazmente a nuestra libertad.

Estamos ante un mecanismo de defensa que nos aleja de los extremos y nos hace buscar la homeostasis, el equilibrio. Y es que, como ocurre con todo, lo más importante en el amor es la dosis; cualquier exceso nos ahoga y activa, inevitablemente, los mecanismos de cambio y alivio.

La metáfora de la distancia correcta, del término medio, explica muy bien cómo gestionamos nuestras relaciones y fervores. Como los erizos en la parábola de Shopenhauer, necesitamos acercarnos para darse calor, pero alejarse para no herirse con las espinas.

El amor en la pareja desde el punto de vista científico: una secuencia de fases y cambios

Desde la perspectiva científica, el amor en la pareja no es solo una emoción abstracta, sino un proceso neurobiológico complejo que evoluciona en varias fases. Muchos estudios de resonancia magnética han demostrado las múltiples transformaciones bioquímicas que ocurren en el cerebro según el momento de la relación.

En la primera fase que suele durar hasta dos años, estamos ante un géiser de dopamina y serotonina que conlleva a una desatada pasión e idealización del otro.

Viene luego la fase de vinculación o del inicio de la estabilidad. Ésta transcurre entre el segundo y el tercer año, la oxitocina y la vasopresina toman el relevo haciendo que la pasión ciega inicial mengue para dar lugar a un apego mutuo.

Después llega la fase de convivencia, una verdadera prueba de fuego, ¡bienvenidos a la realidad! Su duración varía según las parejas, los niveles hormonales se normalizan y aparecen los primeros conflictos debido al desplome de la idealización anterior.

La cuarta fase se llama de autoafirmación, ésta suele darse tras varios años juntos. En ella predomina la estabilidad emocional basal y por tanto la necesidad de recuperar el espacio individual. Se trata de una etapa muy delicada donde la probabilidad de ruptura es alta, saber negociar es de vital importancia.

Por último, si todo va bien, viene el amor maduro. Es la fase a largo plazo basada en las endorfinas. Las conexiones son profundas; la elección del otro, libre y consciente; y el proyecto de vida común se afianza.

El amor en la pareja desde el punto de vista cultural

Veamos ahora qué dice la cultura, las culturas. Hemos aquí algunos ejemplos:

En la tradición cristiana, las parejas prometen ser fieles en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad, y así amarse y respetarse todos los días de sus vidas. Un compromiso absoluto ante cualquier situación futura.

El Corán insiste en el afecto mutuo y la misericordia ‘mawadda wa rahma’, en que la pareja es el refugio del otro, su lugar predilecto de descanso y tranquilidad, ‘sakina’, y usa la metáfora de la vestimenta ‘libas’ para describir la intimidad, protección, igualdad e interdependencia de los esposos: ‘ellas son vuestra vestimenta y vosotros la suya’.

En el Budismo existen cuatro votos: amor benevolente (Metta), compasión (Karuna) en los momentos difíciles, alegría empática (Mudita), y ecuanimidad (Upekkha), es decir amarse en libertad, aceptándose tal y como son, sin posesividad ni apegos destructivos.

El Judaismo habla de siete bendiciones o Sheva Brachot que giran entorno de la alegría, el compañerismo, la paz, el amor y la harmonía en el hogar.

En la África negra, en la tradición nigeriana llamada Yoruba concretamente, los novios degustan los Cuatro Elementos, los cuatro sabores que representan las etapas de la vida: amargo (corteza del limón) para soportar las decepciones, ácido (vinagre) para superar las dificultades y los enfados, picante (pimienta) para mantener la pasión y la energía, y dulce (miel) para disfrutar de la alegría y la abundancia.

Por tanto, todas las tradiciones y religiones coinciden en que amar significa estar en las duras y las maduras, en los días buenos como malos, en la alegría como cuando brota la parte rota, la cara oscura que tod@s y cada un@ tenemos.

Sin embargo, y como suele ocurrir, hay todo un trecho entre lo dicho y lo hecho.

El acortamiento del tiempo de pareja en las sociedades actuales: algunas razones

No cabe duda de que el tiempo en pareja dura hoy menos que antes. Las razones de esta fugacidad son muy complejas e interconectadas, pero nacen, en gran medida, de nuestra incapacidad moderna para gestionar los extremos. Saltamos del ardor absoluto al abandono total, sin dar tiempo a que la pasión se transforme en un refugio templado.

Entre estas razones destacamos:

-Las psico-emocionales, marcadas por un alarmante recelo ante el desencanto y la frustración, la idolatración de la fase pasional, la búsqueda de recompensa instantánea y el temor a perder la libertad individual.

-Las socioculturales, propias de una nueva cultura individualista que ansía la satisfacción rápida, el descarte ante cualquier dificultad, el éxito y desarrollo personal, desestimando el esfuerzo de construir a largo plazo. La independencia económica de las mujeres y la pérdida del prejuicio social del divorcio hacen que este sea más fácil cuando la relación se vuelve insalubre. 

-Las tecnológicas: la proliferación de las redes de citas han generado la ilusión de que solo a un click de distancia, hay alguien mejor. El Oversharing o sobreexposición en redes sociales distorsiona las expectativas y genera comparaciones con parejas idealizadas.

Asimismo, se supone que los cambios socioeconómicos sustanciales inducidos por la mundialización de la cultura del consumo tienen algo que ver con esa efimeridad. ¿No será que las saetas de esta cultura de usar y tirar hayan herido de muerte a dichas relaciones?

Ante semejante panorama, cabe también preguntarse si esta brevedad creciente no responde a nuestro escaso conocimiento de las fases del amor que hemos señalado antes y a la consiguiente incapacidad de gestionar cada una de ellas. Quizás el problema actual no sea la falta de amor, sino la ineptitud de las sociedades modernas para transitar del ardor a la calma sin dar el vínculo por muerto por culpa de esa prisa mercantil.

Cuenta una historia marroquí que un chaval preguntó a sus padres cuánto tiempo llevaban juntos. Treinta años le respondieron. A lo que hubieron de añadir ante su asombro: “hijo, es que nosotros nacimos en una época en la que, si algo se rompía, se arreglaba, no se tiraba a la basura. Entendemos que el valor de un objeto o de una relación radica en su capacidad de ser restaurado. Y las familias, cuando tenían que intervenir, lo hacían con el ánimo de tender puentes no para dinamitarlos, protegiendo la pareja de caer en las garras de una maquinaria judicial que, a menudo, solo engendra odio, resentimiento y una profunda sensación de injusticia”.

Un dato que añade más complejidad pero el resultado es el mismo

Varias investigaciones recientes vienen a desafiar el ideal romántico de la cultura occidental moderna de amarse antes de casarse. Algunas [Ver por ejemplo “How love emerges in arranged marriages: two cross-cultural studies”(Journal of comparative Family studies, 2013)  y “Love components in free choice and arranged marriages among five non western populations from Africa, Amazonia and Himalayas”, (Archives of sexual behavior, 2024) ] apuntan que el amor por romance, es decir amarse y luego casarse suele desvanecerse gradualmente a lo largo de la primera década debido al tedio y la monotonía, mientras que crece sosteniblemente a lo largo del tiempo en el caso del compromiso previo (casarse y después amarse). A partir de la fase de convivencia, los niveles de amor, intimidad y satisfacción suelen igualar -y en ocasiones superar- a los matrimonios basados en el enamoramiento.

Sin embargo, pienso que, a pesar de que las expectativas románticas iniciales son bajas en el segundo modelo, lo que reduce la frustración e insta a la tolerancia y el esfuerzo, se corre el riesgo de que la convivencia no germine en un amor real convirtiendo la pareja en una institución fría, en una jaula de obligaciones sin química elemental.

Es todo un debate, pero sea como fuere la secuencia, el amor en ambas opciones es algo que se transforma, tiene sus altibajos, sus líneas rectas y meandros. Tarde o temprano, se enfrentará a la gestión de la distancia correcta, al desafío de la dosis justa.

Un poco de poesía para terminar

En unas estrofas de su precioso poema titulado Sirt al-hobb “historia de un amor”, llevado a la sublimación por el genio compositor Baligh Hamdi y la voz irrepetible de Um Kalthum, el poeta Mursi Yamil Aziz se dirige a los que critican el amor con estas palabras cuán fidedignas:

O como sois injustos con el amor y no hacéis más que criticarlo

Sepan que el problema está en vosotr@s o en vuestr@s amad@s

No en el amor

En esta vida no hay nada más hermoso que el amor

Nos cansamos, nos rendimos, nos quejamos de él pero queremos

Bendito sea el corazón cuando suspira entre encuentro y separación

Bendita sean las velas de la pasión cuando encienden la noche del ansioso

Bendita sea la vida, bella en los ojos de los amantes

Este poema-canción nos expone los malentendidos e infortunios que padecen las parejas cuando confunden amor y enamoramiento. Si el segundo es un regalo de la naturaleza, el primero es una decisión consciente, una obra que construyen dos personas.

Hemos visto que las fases de la convivencia y autoafirmación son las más críticas en la relación de pareja, en ellas las palabras se vuelven frías, los gestos escasean y se instala el silencio. Entender que el amor, como todo en la vida, está sujeto al cambio es algo fundamental para poder adaptarse y renovarse. Los cambios hormonales deben ir acompañados por cambios de perspectiva. Bien es cierto que el amor es una combinación biológica, psicológica y social, es también un arte que se aprende.

No hacerlo aun permaneciendo juntos equivale a dolor y peligro ya que significa hacer el duelo de una persona que sigue delante de ti. En ningún momento seguir amando supone mendigar la paz.

Evitar esta insostenible situación supone anticipar para conservar esa mirada de satisfacción, ciega ante los defectos, como decía otro verso. Supone también saber guardar la distancia correcta para no quemarse ni congelarse, un equilibrio entre una cercanía que no asfixie y una independencia que no distancie. Y por supuesto, tener la voluntad de reparación frente a la inercia de usar y tirar. Saber escuchar permite reparar el amor cada vez que haga falta abrazando sus propias incongruencias para transformarlas en madurez.

En el equilibrio de estos tres elementos quizá reside la clave para que el amor no claudique y logre sobrevivir.

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