Lo que durante 40 años fue normal, hoy vuelve a ser polémica: España, Israel y el nuevo debate sobre Marruecos
El nuevo impulso a las relaciones entre Rabat y Tel Aviv vuelve a ocupar titulares en España. Pero antes de presentar este acercamiento como una anomalía, conviene recordar un dato esencial: España e Israel mantienen relaciones diplomáticas plenas desde 1986 y cuentan con embajadas desde hace décadas.

El anuncio de la elevación de las relaciones entre Marruecos e Israel al nivel de embajadas ha vuelto a situar la política exterior marroquí en el centro de determinados análisis publicados en España.
El acuerdo alcanzado en Nueva York por los ministros de Asuntos Exteriores de Marruecos e Israel contempla el paso de las actuales oficinas de enlace a embajadas, además de una ampliación de la cooperación económica, comercial y de las conexiones aéreas entre ambos países. El entendimiento se produce con el respaldo de Estados Unidos y en un momento particularmente delicado en las relaciones entre Marruecos y España por la situación en Ceuta.
Pero existe una pregunta que merece ser planteada con serenidad: ¿por qué la profundización de las relaciones diplomáticas entre Marruecos e Israel es presentada en determinados análisis como un hecho excepcional, cuando España mantiene relaciones diplomáticas con Israel desde hace cuarenta años?
España e Israel: cuatro décadas de relaciones diplomáticas

España estableció oficialmente relaciones diplomáticas con Israel el 17 de enero de 1986, mediante una declaración conjunta firmada en La Haya.
Desde entonces, los dos países han desarrollado una amplia red de cooperación. En 1987 firmaron acuerdos en materia cultural y turística; en 1989 llegaron acuerdos sobre transporte aéreo, cooperación científica, agricultura y reconocimiento de resoluciones judiciales, y posteriormente se ampliaron los mecanismos de cooperación en ámbitos como seguridad, educación, ciencia, cultura y fiscalidad.
La relación no se limitó a los intercambios diplomáticos. Los contactos políticos de alto nivel fueron frecuentes durante estas cuatro décadas. Los Reyes de España viajaron a Israel, al igual que distintos presidentes del Gobierno español, mientras que presidentes y primeros ministros israelíes visitaron España.
En la actualidad, la Embajada de Israel en Madrid continúa plenamente operativa y la Embajada de España en Israel mantiene igualmente sus actividades. La misión israelí en Madrid está encabezada actualmente por la encargada de negocios Dana Erlich.
Es decir, cuando Marruecos decide elevar sus relaciones diplomáticas con Israel, no está creando un precedente desconocido para Europa. Está adoptando una fórmula diplomática que España utiliza con Israel desde hace décadas.
Marruecos no está inventando una nueva relación

La relación marroquí-israelí tampoco nació en 2020.
Marruecos e Israel mantuvieron contactos durante décadas y posteriormente restablecieron oficialmente sus vínculos en el marco de los Acuerdos de Abraham impulsados por Estados Unidos.
Desde entonces, Rabat y Tel Aviv han desarrollado una cooperación que incluye ámbitos económicos, tecnológicos, turísticos y de defensa. La nueva decisión anunciada en Nueva York supone ahora elevar institucionalmente esa relación mediante embajadas y reforzar las conexiones económicas y aéreas.
Presentar este paso únicamente como una cuestión vinculada a Ceuta, por tanto, reduce una relación diplomática que tiene dimensiones mucho más amplias.
La cuestión de Ceuta no debería borrar el contexto
El nuevo acuerdo llega en un momento de fuerte tensión entre Madrid y Rabat a raíz de la crisis migratoria en Ceuta.
Precisamente por eso, algunos análisis españoles han relacionado directamente el acercamiento entre Marruecos e Israel con la situación de la ciudad autónoma. EL PAÍS sitúa explícitamente el acuerdo en el contexto de la crisis de Ceuta y del debate europeo sobre la ciudad.
Sin embargo, una coincidencia temporal no demuestra por sí misma una relación causal.
Marruecos mantiene desde hace años una política exterior caracterizada por la diversificación de sus alianzas y asociaciones internacionales. La relación con Israel constituye uno de esos ejes, al igual que sus relaciones con Estados Unidos, Europa, África, los países árabes y otros actores internacionales.
Por eso, reducir cualquier decisión diplomática marroquí a una reacción frente a España puede terminar ofreciendo una lectura excesivamente limitada de la política exterior de Rabat.
Una pregunta legítima para el debate español
La cuestión no consiste en determinar si Marruecos tiene derecho o no a desarrollar relaciones diplomáticas con Israel. Como Estado soberano, Marruecos establece sus relaciones internacionales de acuerdo con sus intereses y decisiones de política exterior.
La cuestión periodística es otra.
Si España mantiene relaciones diplomáticas con Israel desde 1986, con una embajada israelí plenamente operativa en Madrid y una embajada española en Israel, ¿con qué criterio debe considerarse extraordinario que Marruecos eleve ahora sus relaciones con Israel al nivel de embajadas?
La diplomacia internacional no funciona mediante exclusividades. Un Estado puede mantener relaciones con distintos países y, al mismo tiempo, defender posiciones diferentes sobre determinados conflictos.
De hecho, la propia España ofrece actualmente un ejemplo de esa complejidad. Madrid mantiene relaciones diplomáticas con Israel, mientras que el Gobierno español ha adoptado en 2026 posiciones críticas respecto a determinadas políticas israelíes en Cisjordania y ha participado junto a otros países europeos en iniciativas relacionadas con los asentamientos.
La existencia de relaciones diplomáticas no significa, por tanto, ausencia de desacuerdos.
Dejar atrás los dobles raseros
El debate sobre Marruecos merece algo más que titulares construidos desde la excepcionalidad.
Rabat puede ser cuestionado —como cualquier capital— por sus decisiones, pero el análisis debe aplicar los mismos criterios cuando se habla de otros Estados.
España mantiene relaciones diplomáticas con Israel desde hace cuatro décadas.
Marruecos decidió profundizarlas ahora.
Son dos hechos diferentes, producidos en momentos históricos diferentes y dentro de contextos políticos distintos. Pero ambos forman parte de una misma realidad diplomática: los Estados mantienen relaciones con países con los que pueden compartir intereses y, al mismo tiempo, discrepar en determinados asuntos.
La cuestión no debería ser si Marruecos tiene derecho a profundizar sus relaciones con Israel. La cuestión debería ser si el análisis que se hace de esa decisión aplica el mismo criterio que se aplica a las relaciones que otros Estados europeos mantienen con Tel Aviv.
Porque en política internacional, antes de señalar la decisión diplomática de otro país, conviene mirar también el propio historial.
Y ese historial, en el caso de España e Israel, comenzó hace exactamente cuarenta años.
