Cultura

Geopolítica del Sáhara: Marruecos marca un hito en el Consejo de Seguridad

Renovarse o extinguirse

No existen soluciones a los problemas, solo hay movimientos en marcha. Sepamos crear estos movimientos y las soluciones vendrán

Antoine de Saint-Exupéry

A raíz de la resolución histórica del Consejo de Seguridad acerca de la soberanía del reino de Marruecos sobre el Sáhara, y el discurso de SM el Rey Mohammed VI en que volvió a tender la mano a nuestros vecinos argelinos para llegar a un acuerdo sin vencedor ni vencido, y el llamamiento que dirigió a nuestros hermanos en los campamentos de Tinduf para que volviesen a su patria madre, me acordé de un artículo titulado “el lobo, la cabra, la col y el granjero” publicado en este mismo medio el 28 de octubre  de 2022.

Este cuento que se conoce desde tiempos remotos pretende tiene dos significados:

-Uno aparente que presupone que al fin y al cabo, cada problema tiene solución. Esta presuposición es nociva por su capacidad de generar una tensión psicológica en la persona que la consiente pudiendo llevarla a la frustración en caso de no alcanzar dicha solución. Por ello, la fórmula de Saint-Exupéry de tomar iniciativas sin pensar en la solución parece menos agobiante y por doquier más productiva.

-Y otro subyacente y larvado que nos impone, de entrada también, que los tres seres están condenados a comerse uno al otro, y que el granjero es aquel héroe imprescindible que se ocupa de separarlos para evitar el carnaje. Visto lo visto, se me antoja decir que estamos ante la ilustración misma de la conducta tendenciosa de los antiguos países colonizadores ante el conflicto del Sáhara Occidental que llevan décadas usándolo como veneno y antídoto a la vez. 

Por ello, llamé la atención en su momento a que el mundo vive unos grandes y vertiginosos cambios geopolíticos que imponen a Marruecos, Argelia, España y Francia deconstruir el antiguo paradigma y construir uno nuevo que permita a estos países curarse del “síndrome explosivo intermitente” que condujo las relaciones en dicha zona a una situación de harakiri o suicidio colectivo. 

Tres años después, este pensamiento-presagio se cumplió casi en su totalidad ya que tres de estos cuatro países han sincronizado sus relojes y acompasado sus pasos. El cuarto acabará haciéndolo ya que las flechas del tiempo van siempre hacia adelante.

La gran pregunta ahora es: ¿cuáles son los motivos que originaron tal cambio?

Bien es cierto que el reconocimiento de Trump de la maroquinidad del Sáhara Occidental en 2020 fue a cambio de la adhesión de Marruecos a los ‘Acuerdos de Abraham’, recordemos que este reconocimiento llevaba cuajando en la administración americana desde el mandato del presidente Jimmy Carter hace cuarenta y cinco años. Adoptar tal decisión requería un punto de inflexión, unas ciertas condiciones geopolíticas que terminaron dándose. El desparpajo y coraje político de Trump rendía fácil cruzar este umbral. Con la continuidad de Baiden por la misma senda de su antecesor quedaba claro de que se trataba de una decisión concluyente del ‘deep state’ de la potencia más decisiva en este conflicto en el Consejo de Seguridad de la ONU. 

Era de esperar entonces que los castillos de naipes cayesen uno tras otro. Vino primero el reconocimiento de España en marzo de 2022, luego el de Francia en octubre 2024. Con ello, estas dos potencias colonizadoras conseguían por fin liberarse del hechizo del cuento y zanjar con el dilema de conservar las dos caras a la vez. No hace falta insistir en que estas dos ex potencias colonizadoras son las que mejor conocen el mapa de Marruecos antes del reparto de África en la Conferencia de Berlin de 1884, y saben a ciencia cierta que las tribus nómadas del Sáhara siempre habían rendido pleitesía al estado central marroquí.

En el segundo mandato de Trump (a partir de enero 2025), Gran Bretaña se sumó a la fiesta en junio de 2025. Con ella, la propuesta marroquí de autonomía ya gozaba del apoyo de tres de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad.

Volviendo a las causas que maduraron ese punto de inflexión, recordemos que el mundo entró a partir del comienzo de siglo 21 en una fase de “aceleración de la historia”. Según los historiadores Thomas Gomart y Christophe Bouton, se trata de un fenómeno alimentado por varios factores: la multiplicación de los conflictos y la competición geopolítica, el calentamiento global, los avances tecnológicos, y la instantaneidad de la información. Desde entonces, asistimos a un aumento de acciones estratégicas para modificar el paradigma y las relaciones de fuerzas que configuraban el mundo de antes.

La pandemia del Covid-19 en diciembre 2019 y la guerra entre Rusia y Ucrania retroalimentaron esta aceleración haciendo vacilar tanto el concepto como las reglas antiguas de la mundialización. Desde entonces, la geopolítica tomó las riendas de la economía y ésta se veía cada vez más orientada hacia nuevas zonas de poder, menos amplias, donde se localizarían nuevos centros regionales de producción o de almacenamiento para prevenir la ruptura de la cadena de abastecimiento de productos imprescindibles para la economía. Gracias a sus riquezas en tierras raras y otros recursos muy solicitados por la economía actual y del futuro, África se posicionaba como el continente del siglo 21 por antonomasia. 

Merced a su situación geográfica y a su constancia en la diversificación de sus socios, Marruecos supo cómo anticipar esta nueva situación y convertirse en un punto de anclaje en este nuevo diseño geopolítico y geoeconómico mundial, ofreciendo a cada uno de estos socios lo que necesita sea a nivel de plataformas de producción y tránsito, energía, agricultura, pesca, seguridad y defensa, deporte, migración, etc. Recordemos también que hoy por hoy, Marruecos es un actor ineludible para introducirse en los prometedores mercados africanos por la relación histórica que tiene con varios países de este continente y/o los acuerdos estratégicos ‘win-win’ que lleva concluyendo en las dos últimas décadas con otros países que giraban en torno del eje Argel-Pretoria.

La abstención de Rusia y China en la votación de la resolución 2797 del Consejo de Seguridad viene a corroborar esta narrativa, acreditar la eficiencia de la diplomacia marroquí,y reconocer la dinámica interna y el gran esfuerzo de desarrollo desplegado en las provincias saharianas.

Hace cincuenta años Marruecos zanjó el asunto del Sáhara sobre el terreno gracias a la Marcha Verde. El día 31 de octubre de 2025, aprobó la asignatura que le faltaba: la legalidad internacional. 

Aun así, se empeñó en invitar a las dos partes de conflicto, Argelia y el Frente Polisario, a sentarse para llegar a un arreglo pacífico y sostenible de este conflicto alrededor de un nuevo punto de equilibrio susceptible de asegurar la prosperidad a esta zona. 

Merced a su dominio de los cuatro elementos vitales, el militar, el económico, el político y el diplomático desde la aprobación de la última resolución, la postura de Marruecos es hoy mejor que nunca. En cambio, tanto Argelia como el Polisario están ante un dilema estratégico: comprometerse en las negociaciones y por tanto reconocer de facto el marco de la autonomía bajo soberanía marroquí, o rechazar de implicarse con el riesgo de aislarse aún más. 

En uno de sus bellos ensayos, el neuropsiquiatra y etólogo francés Boris Cyrulnik cuenta que el águila puede vivir hasta setenta años pero a condición de tomar una decisión transcendente llegando a los cuarenta. En esta edad, sus garras pierden fuerza y le impiden cazar, su pico se tuerce y se vuelve romo impidiéndole desgarrar la carne de su presa, y sus alas se vuelven pesadas condenándolo a volar bajo. En este momento, tiene que tomar aquella decisión: regenerarse o morirse.

Si quiere vivir otros treinta años, está obligado a pasar por un ritual trágico y doloroso pero cuán necesario. No le queda más remedio que refugiarse en una montaña, golpear su pico contra la roca más dura hasta que caiga y que la naturaleza le genere otro, y tiene que arrancar sus plumas, una por una, para que le vuelvan a crecer gráciles y ligeras. Este ritual lacerante pero imprescindible dura unos ciento cincuenta días.

La moraleja de esta historia es que no hay regeneración sin cambio, que todo aquel que no se renueva está condenado a extinguirse.

¿Acaso los gobernantes de Argelia están dispuestos a emprender tal solemne ceremonial? ¿Acaso pueden renovar su desgastada doctrina y presentar una nueva y mejor versión de ellos? 

En ello radica la continuidad de su régimen y la unidad de su país. 

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