Cuando los espacios institucionales de convivencia se convierten en escenarios de confrontación política.
Un año después de la Resolución 2797 del Consejo de Seguridad, la polémica surgida en una jornada de juventud musulmana en Bilbao vuelve a poner sobre la mesa la instrumentalización política del conflicto del Sáhara Occidental y el uso del victimismo como herramienta de confrontación.
La jornada «Juventud Vasca Musulmana: Identidad, Diversidad e Igualdad», celebrada en Bilbao, debía ser un espacio para hablar de identidad, diversidad, igualdad y convivencia entre jóvenes musulmanes de Euskadi.
Sin embargo, la controversia posterior ha terminado desviando la atención de su verdadero propósito
¿Qué necesidad había de introducir el conflicto del Sáhara en una actividad de estas características?
¿Acaso no existen suficientes espacios políticos para debatir sobre cuestiones territoriales sin utilizar iniciativas comunitarias destinadas a otros objetivos?
Lo más llamativo llegó después, con la difusión de un relato sobre una supuesta agresión contra un joven saharaui.
Las acusaciones son graves y deben investigarse. Pero también deben verificarse los testimonios, las circunstancias y las fotografías difundidas como supuestas pruebas.
En una época en la que la inteligencia artificial permite crear y manipular imágenes, su autenticidad no puede darse por sentada.
La sucesión de declaraciones y mensajes difundidos en redes sociales plantea otra cuestión:
¿se busca esclarecer lo sucedido o aprovechar el episodio para alimentar una narrativa de persecución y victimización?
Pasar de una denuncia individual a acusaciones colectivas contra los marroquíes no es una forma responsable de buscar justicia.
Después de más de medio siglo de conflicto en torno al Sáhara Occidental, resulta legítimo preguntarse hasta cuándo determinados actores políticos seguirán recurriendo a los mismos discursos de victimización, confrontación y dramatización. Cinco décadas después, repetir escenarios de enfrentamiento y presentar cada polémica como una nueva prueba de persecución no aporta soluciones ni contribuye al diálogo.
Una estrategia basada en la repetición de relatos y acusaciones pierde credibilidad cuando no viene acompañada de pruebas verificables.
El debate debe mirar hacia el futuro y partir de la realidad diplomática actual. La resolución 2797 del Consejo de Seguridad de la ONU ha marcado un nuevo marco para el proceso político, situando la propuesta marroquí de autonomía como base de las negociaciones. Es sobre esta propuesta, sus garantías y sus modalidades de aplicación sobre lo que corresponde debatir. Ha llegado el momento de abandonar los discursos estériles y afrontar una pregunta esencial: ¿cómo construir una convivencia y un futuro político a partir de esta nueva realidad?
Y aquí aparece una pregunta que no debería pasar desapercibida:
¿qué posición mantienen los representantes marroquíes y magrebíes que participan en estos espacios?
¿Por qué no defienden con mayor firmeza la finalidad de las iniciativas comunitarias?
¿Su papel consiste únicamente en ocupar un lugar en estos encuentros o también en proteger su espíritu de convivencia y respeto?
ADOS debe explicar cómo garantiza que sus actividades no se conviertan en plataformas para disputas políticas ajenas a sus objetivos.
Si hubo una agresión, que se investigue hasta esclarecerla. Si las imágenes fueron manipuladas o generadas mediante inteligencia artificial, que se demuestre.
Y si alguien ha utilizado una actividad de convivencia para montar un espectáculo político, también debe asumir su responsabilidad.
La juventud musulmana de Euskadi merece espacios de diálogo auténtico, no escenarios de provocación, victimización y propaganda. Porque hacer ruido no significa tener razón, y representar permanentemente el papel de víctima no sustituye la obligación de demostrar los hechos.
